lunedì 22 settembre 2008

Cachas Peludos

Cachas Peludos


  • Luego caminé hasta el salón y me dejé caer en el sofá. A los pocos segundos llamaron al timbre, pero esta vez no abrí la puerta.
  • Fernández no quiso cerrar los ojos, se arrojó al mar mirando fijamente una nube blanca que se destacaba sobre un pedacito de cielo violeta.
  • Él vio como Fernández recogía sus cabellos con una gay cachondos
    cinta roja pero no vio sus lágrimas.
  • Al hablar se le formaba una rebaba blancuzca en la comisura de los labios, que de vez en cuando se quitaba con la punta de la lengua, ponerse cachas en un movimiento casi animal. Siguió midiendo y anotando en la hoja mientras hablaba. Yo permanecía inmóvil observándole.
  • —Nunca están satisfechas, aunque uno se mate a trabajar por ellas hombres cachas desnudos —anadió. Y luego me miró como esperando una confirmación, algo así como un gesto de camaradería por mi parte.
  • Cuando por fin se marchó y cerré la puerta, fui a la cocina y lavé con cuidado www cachondos com
    el vaso.
  • Era de origen alemán, tenía 19 anos, y el rostro más dulce que pudiese haberse visto nunca. Destacable es, que allá en 1972, las modelos no eran cachas peludos jovencitas pálidas y famélicas como lo son ahora, y todavía no se utilizaba entre ellas la heroína como adelgazante.
  • No es posible que el convoy esté ardiendo. No mails cachondos
    es posible que el remolque continúe su rumbo sin conductor. No es posible esta velocidad cinematográfica. No es posible que haya matado a Dolores.
  • —Dolores ha muerto. Ha muerto... Yo..., estoy cachas cachondos bien.—Recupera el resuello, se sienta al borde de la autopista, acepta el cigarrillo que le ofrece el payaso. Se tranquiliza —estoy bien.
  • La ley de la Isla es inexorable, inamovible”, había dicho el jefe mientras le cachas peludos entregaba esa pequena bola de material plástico que alguna vez había entretenido a alguna familia en una noche de invierno.
  • Decidí que tendería la ropa cuando se marchase y volví a entrar en la disfraces cachondos
    cocina, aunque me quedé cerca de la puerta de la terraza.
  • Cuántas veces he deseado admirar, tan sólo admirar, tu cuerpo desnudo, templo de belleza reservado para unos pocos, para aquellos que cachas peludos pueden comprarte. No sabes que te amo, tanto como para que me hiera de muerte ver cómo te dejas manosear ante mis ojos por viejos y jóvenes, por obreros y funcionarios.
  • —Mi mujer se fue a vivir a otra ciudad hace más de un ano —le dije al fin.
  • —?Nicolás??Está usted ahí?
  • Nicolás volvió a su botella. Necesitaba un tercer trago. Llamó a la asistenta. “Ya ha bebido bastante”, dijo ella. “No te he pedido opinión, Carmen, te he pedido otra botella”, contestó bruscamente. Y la traería, ambos sabían que lo haría.


  •